Bogotá D. C., 25 de mayo de 2026
Nota escrita por Edwin Alberto Díaz - Oficina Asesora de Comunicaciones – CVP
En las laderas empinadas de Bogotá, donde las calles parecen desafiar la gravedad y las casas se sostienen unas a otras como si compartieran el mismo aliento, las jornadas comenzaban temprano. A veces bajo un cielo despejado que dejaba ver la ciudad extendida en el fondo; otras, bajo una lluvia persistente que convertía los caminos más pesados. Allí, entre escaleras interminables, callejones estrechos y techos de zinc golpeados por el viento, Juan Sebastián Lindarte aprendió que el trabajo en territorio no cabe en los informes técnicos ni en las cifras institucionales.
Psicólogo de la Caja de la Vivienda Popular (CVP), Juan Sebastián recorrió entre febrero y mayo de este año sectores como Laches, Girardot, Consuelo, Lourdes, Guavio, Rocío Bajo, Cartagena, Balcón, Triunfo y Mirador. Fueron once recorridos territoriales y once espacios de diálogo ciudadano. Pero más allá del número de jornadas realizadas o del promedio de setenta asistentes por encuentro, cada visita dejó una historia distinta grabada en la memoria del equipo social de la CVP.
Había días en que el acceso parecía imposible. Las pendientes pronunciadas obligaban a detenerse varias veces para recuperar el aire. En algunos barrios, las viviendas parecían colgar de la montaña y las escaleras improvisadas obligaban a caminar con cuidado, cargando volantes, carpetas y la responsabilidad de acercar la oferta institucional a quienes históricamente han vivido lejos de ella.
Sin embargo, el mayor desafío no siempre era físico. En ciertos sectores, el silencio de la gente hablaba primero que las palabras. La desconfianza hacia las entidades aparecía en las miradas esquivas, en las puertas que apenas se abrían o en las preguntas cargadas de prevención. “¿Y ustedes sí van a cumplir?”, preguntó alguna vez una mujer desde la entrada de su casa, mientras observaba al equipo bajo la lluvia.

No había respuestas rápidas para eso. La confianza no se construye con discursos. Se construye regresando. Escuchando. Caminando las mismas calles una y otra vez.
Con el tiempo, las conversaciones comenzaron a cambiar. Los habitantes ya no solo recibían información: acompañaban los recorridos, guiaban al equipo por caminos más seguros y convocaban a sus vecinos a los espacios de diálogo. En algunos sectores, los mismos líderes comunitarios terminaban presentando al equipo profesional casa por casa, como si poco a poco la institucionalidad hubiera dejado de ser un visitante extraño para convertirse en una presencia cercana.
Juan Sebastián recuerda especialmente las jornadas en medio del frío y la lluvia, cuando el cansancio parecía ganarle. Pero también recuerda cómo, en medio de esas dificultades, siempre aparecía alguien ofreciendo un tinto caliente, una silla improvisada o simplemente una conversación. Gestos pequeños que terminaban sosteniendo el ánimo del equipo y recordándoles que el trabajo social no se limita a gestionar programas: se trata de reconocer la dignidad de las personas incluso en los territorios más olvidados.
Los once diálogos ciudadanos desarrollados durante esos meses se transformaron en escenarios de encuentro. Allí las personas expresaban inquietudes, compartían necesidades y preguntaban cómo acceder a los programas de mejoramiento. Algunos llegaban con escepticismo; otros, con esperanza. Pero todos encontraban un espacio para hablar de su territorio y de sus expectativas frente al futuro.
Para Juan Sebastián, la experiencia dejó aprendizajes que difícilmente podrían enseñarse en un aula. Aprendió que el trabajo comunitario exige paciencia y capacidad de adaptación; que resolver conflictos muchas veces empieza por saber escuchar; y que la cercanía humana puede abrir puertas que permanecen cerradas para cualquier proceso institucional.
Al final de cada jornada, mientras el equipo descendía nuevamente por las laderas y la ciudad comenzaba a encender sus luces en el horizonte, quedaba la sensación de que algo había cambiado, aunque fuera un poco. Tal vez no de inmediato en la infraestructura de los barrios, pero sí en la relación entre la comunidad y quienes llegaban a acompañarla.
Porque en esos recorridos, entre calles estrechas, montañas y conversaciones bajo la lluvia, la Caja de la Vivienda Popular entendió que transformar un territorio también significa construir confianza. Y que, muchas veces, las oportunidades comienzan simplemente cuando alguien decide tocar una puerta y quedarse el tiempo suficiente para escuchar.












