Durante décadas, imaginar una obra era imaginar un escenario de hombres: andamios, cemento y botas. Esa imagen empieza a quedarse corta. En Bogotá, cada vez más mujeres pañetan muros, estucan, pintan fachadas y transforman viviendas, y demuestran que este oficio no depende del género, sino del saber, la disciplina y la oportunidad.
Bogotá D. C., 28 de octubre de 2026
Nota escrita por Alberto Díaz - Oficina Asesora de Comunicaciones – CVP
Una de ellas es Carol Burgues, trabajadora de la construcción del programa Mejora Tu Casa, de la Caja de la Vivienda Popular (CVP). Vive en el barrio Antonio Santos, en la localidad de Bosa, y hoy trabaja en la casa de doña Doris Beltrán, beneficiaria del programa que mejora viviendas en este sector de la ciudad.
Carol no llegó a la construcción por casualidad. «Desde los 15 años he trabajado en la construcción y pues me ha gustado», cuenta. Desde entonces ha aprendido las labores que más la atraen: el pañete, el estuco y la pintura, tareas de acabado que definen cómo se ve y se siente un hogar.
Su experiencia es un testimonio valioso porque muestra que los entornos de obra pueden ser receptivos y respetuosos cuando se reconoce el trabajo bien hecho. Lo que más disfruta es ver el resultado, la transformación de las casas, que queden «bien, limpias y ordenadas». Para ella, el oficio tiene un sentido concreto y visible. Cada muro terminado cambia la manera en que una familia habita su espacio.
Carol conoce el prejuicio de primera mano. «Supuestamente dicen que una mujer se ve mal trabajando en construcción», reconoce, pero no lo comparte, para ella, una mujer también puede salir adelante, porque «somos guerreras». Su postura es tranquila y firme. No hay pena en lo que hace, porque es un trabajo que siempre ha hecho y le gusta. Ese es quizá el mensaje más poderoso: la naturalidad con la que ejerce un oficio que otros todavía consideran ajeno a las mujeres.
Su historia refleja la de muchas trabajadoras que han tenido que demostrar su capacidad en espacios donde no se esperaba verlas. La construcción exige fuerza, pero también precisión, planeación, trabajo en equipo y cuidado por el detalle, habilidades que no tienen género.
Iniciativas como Mejora Tu Casa tienen un doble efecto. Mejoran las condiciones de habitabilidad de las familias beneficiarias y, al mismo tiempo, generan empleo local y abren espacios para que las mujeres participen en una cadena productiva. Cuando una mujer interviene la vivienda de otra familia, el impacto se multiplica. Se rompe un estereotipo ante la comunidad, y niñas y jóvenes ven que ese camino también existe.
Carol cierra su testimonio con una invitación directa: «Yo le quiero decir a las mujeres que también podemos salir adelante, que también pueden ser guerreras, que no solamente es de hombres el oficio de la construcción, también puede ser de mujeres».
La ciudad se construye con manos diversas. Reconocerlo no es un gesto simbólico, sino una condición para que el desarrollo sea justo y verdaderamente de todos y todas. Mientras mujeres como Carol sigan pañetando, estucando y pintando, cada casa transformada será también una prueba de que ningún oficio tiene género.













