“La Alcaldía Mayor de Bogotá, a través de la Caja de la Vivienda Popular, avanza en el programa de mejoramiento de vivienda con la estrategia Bogotá a Color, que transforma las fachadas y fortalece el sentido de comunidad”.
Bogotá D. C., 13 de noviembre de 2025
Por: Adriana Arango - Oficina Asesora de Comunicaciones
En los últimos meses, en el barrio Bilbao, algo ha comenzado a cambiar. No es solo el color de las fachadas ni el brillo nuevo de las calles: es el ambiente. Hay movimiento, conversación y una sensación distinta de pertenencia. En un lugar donde por años se hablaba más de carencias que de avances, hoy la palabra que se escucha con más frecuencia es cumplimiento.
La Alcaldía Mayor de Bogotá, a través de la Caja de la Vivienda Popular (CVP), adelanta la estrategia Bogotá a Color dentro del programa de mejoramiento de vivienda, una iniciativa que busca mejorar las condiciones de habitabilidad y planear el espacio público en los polígonos priorizados de los barrios legalizados de origen informal, con el fin de promover entornos más seguros, integrales y sostenibles para la comunidad.
A través de este programa, la entidad impulsa intervenciones con enfoque integral, orientadas a ofrecer soluciones habitacionales a familias en condiciones de vulnerabilidad. Estas acciones siguen un proceso riguroso que incluye la identificación de barrios y predios prioritarios, estudios de previabilidad, selección de ejecutores y la asignación de subsidios para la ejecución de las obras.
Con esta iniciativa, la Alcaldía Mayor de Bogotá, a través de la CVP, busca mejorar las viviendas de miles de bogotanos, fortalecer el patrimonio familiar, reducir los gastos en reparaciones y promover un entorno más equilibrado y ecológico para la ciudad.
En este propósito, la alianza con la Fundación Pintuco se ha convertido en un ejemplo de cómo la articulación entre lo público, lo privado y la comunidad puede transformar los barrios desde su propia esencia. La intervención en Bilbao es una de las más recientes expresiones de este trabajo conjunto, en el que la pintura se convierte en símbolo visible de cumplimiento, confianza y apropiación.
Cada jornada comienza igual: cubetas abiertas, rodillos que giran, vecinos que se organizan. No hay espectadores, todos participan. Los jóvenes ayudan en lo alto, los mayores aconsejan sobre combinaciones, las familias limpian y preparan los muros. Entre brochas, risas y música, la calle se convierte en un espacio compartido donde las diferencias se disuelven y la colaboración surge como algo natural.
La intervención de más de 10.000 metros cuadrados de fachadas es solo una parte de lo que realmente ocurre. Lo esencial está en el tejido que se reconstruye entre los habitantes y las instituciones. Lo que antes se sentía como distancia hoy se traduce en diálogo. Lo que antes era duda, ahora es confianza.
El proceso ha sido claro desde el inicio. La CVP lidera, la Fundación Pintuco acompaña y la comunidad participa activamente. Cada familia ha recibido un kit completo con pintura, brochas, rodillos, esmalte y todos los materiales necesarios para trabajar. Los equipos técnicos y sociales brindan orientación, formación y acompañamiento. Nadie queda por fuera, todos son parte.
En los talleres de formación en acabados de estuco y pintura, los vecinos aprenden y enseñan a la vez. La transferencia de conocimiento no se limita a una técnica: se convierte en una herramienta de autonomía. Los participantes descubren que pueden aplicar lo aprendido en sus hogares, en sus negocios, en su día a día. Entre explicaciones y práctica, se construye algo más duradero que una pared bien pintada: se construye capacidad, autoestima y unión.

El color deja de ser un fin para convertirse en un medio. Es el lenguaje que permite que comunidad e instituciones dialoguen de otra manera. Cada fachada terminada es una señal visible de lo que ocurre dentro: una relación más cercana y una nueva disposición al trabajo conjunto.
En Bilbao, la transformación no se mide solo en metros cuadrados intervenidos, sino en actitudes. Hay más saludos entre vecinos, más colaboración, más orgullo por el lugar donde se vive. El espacio público, antes de paso, se ha convertido en punto de encuentro. El color trajo conversación, y la conversación trajo respeto y cuidado.
Detrás de este proceso hay algo que la comunidad valora profundamente: la constancia. La Alcaldía Mayor de Bogotá, a través de la Caja de la Vivienda Popular, y con el apoyo de la Fundación Pintuco, no apareció por un día. Está allí, acompañando, cumpliendo y escuchando. Esa presencia sostenida, ese compromiso visible, ha permitido que la palabra proyecto recupere su verdadero significado: algo que se proyecta hacia adelante y deja huella.
El director general de la CVP, Juan Carlos Fernández, lo resume con claridad:
“Bueno, ya estamos dando los primeros resultados de Bogotá a Color, una intervención de la Alcaldía de Bogotá que estamos liderando desde la Caja de la Vivienda Popular. Además de los mejoramientos de vivienda, de las vías, de los parques, también estamos pintando las casas en sus fachadas para que se vean muy lindos los barrios, armoniosos. Más de diez mil metros cuadrados de fachadas vamos a lograr. Es una intervención importante en recursos, y lo estamos haciendo con la Fundación Pintuco para que haya un proceso de participación ciudadana que nos permita elegir con la comunidad cuáles son los colores que ellos quieren en sus viviendas. Ya estamos viendo lo exitoso que es: la gente está muy contenta y vamos a seguir haciéndolo en diferentes localidades de la ciudad”.

Su testimonio refleja el espíritu del programa de mejoramiento de vivienda: cumplir con hechos, trabajar de manera articulada y devolverles a los territorios la dignidad que merecen. La pintura, más que un embellecimiento, se convierte en símbolo de presencia institucional, de gestión con propósito y de un compromiso que no se queda en los planos.
También hay arte en el proceso. En varios puntos del barrio, la intervención incluye muralismo comunitario, donde los vecinos participan en el diseño y ejecución de murales que cuentan su historia. En ellos aparecen símbolos del trabajo, la familia y la esperanza. Son murales que no solo decoran, sino que hablan del orgullo de un barrio que se mira con otros ojos.
El cambio, aunque visible, no ha sido improvisado. Cada paso responde a una planeación técnica y social cuidadosa, donde se articulan recursos, saberes y experiencias. El resultado es tangible: fachadas renovadas, espacios dignos y comunidades activas. Pero, sobre todo, una confianza que vuelve a florecer.
Esa misma confianza florece en Illimaní, en Ciudad Bolívar, donde la Dirección de Reasentamientos de la CVP lidera uno de los procesos más inspiradores de transformación urbana: el Reasentamiento en sitio propio. Allí, las familias que un día vivieron la incertidumbre del riesgo hoy levantan sus viviendas en el mismo territorio, acompañadas social, técnica y jurídicamente por el programa Vivienda Segura. Illimaní, alguna vez sinónimo de vulnerabilidad, es hoy un ejemplo nacional e internacional de cómo el urbanismo con sentido social reconstruye no solo espacios, sino comunidades.
Cada escritura entregada representa mucho más que un título de propiedad: es una declaración de permanencia, de identidad y de esperanza. Al igual que en Bilbao, el acompañamiento institucional ha permitido que la transformación se sienta desde el alma del territorio, fortaleciendo el arraigo y demostrando que la ciudad sí puede crecer sin dejar a nadie atrás.
Bilbao e Illimaní son hoy reflejos de una misma convicción: la de una Bogotá que cumple con hechos, que escucha, acompaña y transforma. En ambos territorios, la Caja de la Vivienda Popular reafirma su compromiso de construir una ciudad más humana, habitable y solidaria, donde el color, la legalidad y la seguridad sean también los colores del futuro.
Bogotá a Color no es solo una estrategia de embellecimiento: es la prueba de que la confianza también se pinta. Que el trabajo articulado entre lo público, lo privado y la ciudadanía genera resultados reales. Y que los barrios de Bogotá, cuando se sienten escuchados y acompañados, recuperan su tonalidad.
En Bilbao y en Illimaní, el color no es la meta. Es el comienzo. El comienzo de una Bogotá que se transforma desde sus barrios, que cumple con su gente y que, al hacerlo, cumple consigo misma.
















